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Lavena, una nueva oportunidad gracias a la Clínica Pediátrica de Meki

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Cuando Lavena Ajenak entró en la consulta, algo se iluminó en la sala. Tanto ella como su abuela mostraban un semblante preocupado, aunque sus ojos también reflejaban ese halo de esperanza que tienen en común todos los pacientes que esperan humildemente a ser atendidos.

Lavena tiene tan solo seis años, pero llevaba puesto un vestido que le hacía parecer más mayor. Probablemente había reservado sus mejores galas para esa cita tan especial que tenían con los doctores de la clínica.

La pediatra María Inguanzo, con ayuda de un traductor local, pudo saber que Lavena llevaba varios días con una tos muy acusada que le impedía seguir su ritmo de vida normal. Muy obedientemente, la pequeña se sentó en la camilla y su abuela le ayudó a desvestirse. La exploración confirmó las sospechas de la pediatra, que le diagnosticó una neumonía con broncoespasmos relativamente grave. 

Tras el diagnóstico, Lavena fue dirigida a la sala de observación donde le suministraron oxígeno y broncodilatadores durante todo el día. Al ver que no mejoraba, los médicos decidieron ingresarla y fue trasladada a una sala especial para los pacientes más graves. Allí, con la ayuda de las enfermeras y los health officer locales, se le suministró un tratamiento para curar su enfermedad.

Al día siguiente, Lavena tenía un aspecto muy diferente. El semblante preocupado desaparecía, y de vez en cuando, una pequeña sonrisa se esbozaba en su cara y en la de su abuela, fruto de la cuidada atención que se le estaba proporcionando en la clínica.  La pequeña iba mejorando poco a poco y ambas sabían que todo iba a ir a mejor.

Un día después, Lavena parecía otra persona. Ya no estaba tumbada en la camita de la sala de ingresados, sino que correteaba con sus nuevos amigos: varios pacientes que, también ingresados, habían mejorado exponencialmente en los últimos días.

Cuando los doctores decidieron darle el alta a Lavena, la pequeña ya estaba casi recuperada del todo. La abuela y la niña, muy agradecidas, abrazaron al personal de la sala de ingresados y se dirigieron a la salida del recinto donde se encuentra la clínica. Justo antes de cruzar la puerta, Lavena se giró una última vez y, con una efusiva sonrisa, agitó los brazos despidiendo a los doctores que le habían devuelto la salud con tantísimo amor.

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