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2016/09 ANA PATRICIA MORENO, PARTICIPANTE EN EL VOLUNTARIADO DE VERANO

Soy Ana Patricia Moreno. Tengo 23 años y estudio ingeniería de telecomunicación. Este verano, tuve la suerte de ir a Meki, Etiopía, con la Fundación Pablo Horstmann al orfanato y a la clínica pediátrica. Y puedo decir que es un viaje que me ha cambiado la vida.

En Etiopía las cosas son muy diferentes, y cuanto más te alejas de la capital, más diferentes son. En Etiopía he entendido por primera vez qué significa no tener nada. No tener nada es no tener cama, ni mesas, ni sillas, ni ropa, dentro de una cabaña de adobe que, por no tener, no tiene ni ventanas. No tener nada es no tener agua, ni luz. No tener nada es no tener comida, ni salud, ni educación, ni la posibilidad de una vida digna. Este es el caso de una mujer que conocimos a la que la Fundación ayuda. Hace varios meses, un buen día, perdió la posibilidad de levantarse. Estaba cansada, raquítica, muy desnutrida. En el hospital sólo le habían dicho que no iba a recuperarse. Y allí estaba, en el suelo de su casa, sin luz, ni cama, ni cuidados médicos. Nada. Por si fuera poco, tiene un hijo. Y no hay nadie que pueda cuidarle. Como ella no puede trabajar, nadie puede alimentar a ese niño, que, si no fuera por la Fundación, no podría ir al colegio. Por ello, se le incluyó en el programa OVC (Orphan vulnerable children). Gracias a él, este niño recibe alimentos, ropa, material escolar… Principalmente todo lo que necesita para vivir, y tener una oportunidad en el futuro de tener una vida más digna que la de su madre.

A veces no nos damos cuenta de lo que implica no tener nada. Yo me di cuenta cuando, yendo a un kebele (poblado) muy lejos de la capital, de Meki, y de cualquier núcleo semiurbano. Como había llovido los caminos estaba anegado, y tuvimos que parar el camión que llevábamos cargado de comida, porque no tener nada también es no tener posibilidad de trasladarse. Como siempre que estábamos en algún lugar, se acercaron unos cincuenta niños, curiosos, muy sorprendidos, pues probablemente era la primera vez que veían un camión o, incluso, algunos te tocaban los brazos, y no entendían porque tenías la piel blanca. Había una niña, de unos cinco años, con los ojitos totalmente rojos, un poco hinchados y muy llorosos. La verdad es que no parecía muy grave, una simple conjuntivitis. Pero allí nada es simple ni poco grave. Tenía las manitas sucias, y la ropa sucia, y todo sucio, y se frotaba los ojos porque le picaban. Y yo me preguntaba cómo iba a curarse aquella niña de una cosa tan tonta como una conjuntivitis, sin tener ya no solo suero o un colirio, si no agua para poder lavarse los ojos, o al menos las manos. Porque no tener nada es no tener la posibilidad de estar limpio.

Cuando llegabas al complejo de la fundación, donde estaba el hospital, el orfanato y la guardería, te parecía que estabas en otro país, muy lejos de allí. Allí teníamos agua, donde las mujeres podían lavar la ropa. Allí se reparten medicamentos, para que los niños sigan adelante. Allí se enseña a los huérfanos a hablar, a sumar, a restar. En definitiva, lo que se reparte en aquel lugar es esperanza. Esperanza de una vida mejor, de una vida digna. Esperanza para las madres, para los niños, para todos. En los 15 días que estuvimos allí, hicimos todo lo posible para ayudar a los voluntarios. En Etiopía lo primero que aprendes es que no importa lo que seas, porque desde el minuto uno tienes que ser de todo. Nos convertimos en pintores, pintando las paredes de las salas de ingreso para que la clínica estuviera más alegre. Nos convertimos en transportistas para reorganizar la clínica y el orfanato y que los niños tuvieran más espacio. Nos convertimos en profesores para que los niños reforzaran sus conocimientos. Nos convertimos en informáticos, para solucionar los problemas que hubiera en los ordenadores.

Del tiempo que estuvimos allí, me llevo principalmente dos enseñanzas. La primera es que no tenemos derecho a nada, ni merecemos más que los demás. Allí en la clínica, esperan horas para ser atendidos, pero nunca te exigen. No te exigen que les atiendas antes que a otro. Y si llega otro más grave, aunque lleven horas esperando, saber ver la necesidad del otro antes de la suya, cosa que aquí no vemos ni por asomo. Aunque no tengan nada, si les vas a visitar te preparan un té con el litro de agua que tienen, y que no saben cuándo volverán a tener. Pero les parece más importante que tú, sabiendo que no te falta de nada, en ese momento estés a gusto en su casa.

La segunda es que tenemos que ser así. Ver la necesidad del otro, y no poner excusas para no hacer nada. No importa quién seas, ni lo que hagas, ni lo que tengas. Pero no lo dejes para mañana. Lo único que es importante es que sea hoy. No hay que pensar en cuando tenga más tiempo, o cuando tenga más dinero… Hoy. Haz hoy lo que puedas, porque igual es hoy cuando más se necesita. Da igual quién seas o lo que tengas, porque cuando se trata de gente que no tiene nada, siempre hay algo que ofrecerles.

Dirección

Calle Camino Sur, 50
28109 Alcobendas - Madrid
Teléfono: 91 650 1973 (mañanas)
 
Fundación Lealtad

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